Crónica de la Quebrantahuesos 2017: 200kms en una tostadora

Por tercer año consecutivo nos plantábamos en Sabiñanigo para hacer la Quebrantahuesos, con sus 200kms, con sus cuatro puertos míticos y con sus casi 10.000 participantes. Pero este año había un participante extra al que todos le teníamos, por lo menos, respeto: el calor.

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La Quebrantahuesos hay que hacerla al menos una vez en la vida. Es una cicloturista preciosa. El entorno, los paisajes y las vistas que se pueden ver durante el recorrido, la organización, los voluntarios que se desviven por ayudarte y sobre todo, la gente que simplemente va a animar y a pasar el día en la cuneta de las carreteras como si fuese a ver a Froome, Contador o Nairo Quintana. Gente que probablemente, se haya tenido que levantar incluso antes que si fuese a participar, y que no podrá volver a su casa hasta las 18 o las 19 horas. Gente que te ofrecerá agua, melón, sandía e incluso tortilla de patata recién hecha, como anunciaba una señora a voz en grito mientras subiamos el Portalet.

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Para los que no la conozcáis, la Quebrantahuesos son 200 kilómetros con unos 3400 metros de desnivel positivo. Se sale desde Sabiñanigo dejando atrás Jaca y desde allí subes hasta la estación de Candanchú (Somport), para cruzar la frontera y entrar en Francia. Desde allí un larguísimo descenso no llevará a Escot, a pie del segundo puerto y tal vez es más temido de los cuatro: el Marie-Blanque. Solo son 9 kilómetros de puerto, pero con los 4 últimos kilómetros muy duros, donde muchísima gente tiene que poner pie a tierra para descansar o bien acabar de subir andando.

Pero no os equivoquéis. El juez de la carrera es el Portalet, y más en un día como el que tuvimos el sábado. Sus 30 kilómetros lo convierten en un puerto interminable, sin apenas sombra donde refugiarte teniendo en cuenta que lo empiezas a subir cuando ya llevas unos 120 kilómetros. Tiene un pequeño descanso sobre el kilómetro 140 aproximadamente, pero solo es eso: un pequeño descanso. Se corona en el kilómetro 148, unos 6 kilómetros antes de llegar a la estación de esquí de Formigal.

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Tras bajar unos 20 kilómetros, nos encontramos con el cortito, pero intenso cuarto y último puerto: Hoz de Jaca. Más suave que Marie-Blanque, pero contando que llegas pasado mediodía y con 160 kilómetros en las piernas, se puede hacer duro y convertirse en una broma pesada. A partir de ahí toca bajar. Para salir de la población, hay colchones en las curvas, para que os hagáis una idea de como debe ser la bajada.

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Un pequeño repecho nos llevará a la recta final de la prueba, con unos 20-25 kilómetros planos, feos y cansinos, pero necesarios para llegar de nuevo hasta Sabiñanigo. Lo que tal vez no sea necesario sea el giro a la derecha, para hacer subir a los participantes a una rotonda que vuelve a Sabiñanigo “por detrás”, pero bueno, llegados a este punto ya casi da lo mismo. Lo que quieres es llegar, y no te va a venir de 5 kilómetros o incluso menos.

Nos levantábamos a las 4:45 horas para desayunar y llegar a Sabiñanigo desde Jaca, donde dormíamos. Carlos, Alberto y Cristobal salieron unos minutos antes, para salir con Esteban y Fabian. Con nosotros se quedó Pol, con quien bajamos hasta donde aparcaríamos el coche. Allí se dio cuenta de que no podía cambiar de plato. No le subía a plato grande y tuvimos que ir a buscar un puesto de mecánica. Servicio de 10 en el punto mecánico. Un chico de Barcelona atendía a Pol y le solucionaba el problema en un momento, mientras Mire y yo aprovechábamos para ir al WC por última vez.

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Ya en la salida, estuvimos una hora aproximadamente ya que hay que llegar con tiempo a tu cajón para coger sitio, ante tanta cantidad de participantes. Allí nos encontramos a Bernat, y vimos de lejos a Jose Manuel y Clara, que hicieron por cierto un carrerón. Salían casi en primera linea, junto a Miguel Indurain, Olano y demás ilustres y  es que Jose Manuel tiene un tiempazo ya que ganó la prueba hace unos años con menos de 6 horas.

Cuando dieron la salida a las 7:30 horas, la fila empezó a moverse. Pasamos por debajo del arco de salida transcurridos 11 minutos. Nada que ver con casi la hora y media de hace dos años, cuando la hicimos por primera vez y salimos los últimos, literalmente.

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Pol se puso a tirar de nosotros y cuando llevábamos unos 15 kilómetros le dejamos marchar. Ese no era nuestro ritmo. Estábamos rodando a una media de 35 kilómetros por hora y a ese ritmo yo no llegaría ni al Somport. Pero ir en grupo es una experiencia brutal. No me refiero a ir en grupo como cuando salimos los fines de semana. Me refiero a rodar con un grupo de unas 100 personas, a unos 45-50 kilómetros por hora, sin apenas esfuerzo y sin apenas pedalear. ¡Que pasada!

Coronamos el Somport en algo menos de 2 horas. Durante la subida, nos pasaron Carlos, Alberto, Cristobal y demás, que finalmente salieron detrás nuestro. También Emma, que  subía cómoda, con los labios pintados a juego con la bici. El Somport solo se hace duro al final, en sus últimos 2 o 3 kilómetros. El resto se deja hacer bien, ya que además vas fresco. Mire llegaba unos 4 minutos antes que yo al avituallamiento donde se paró a esperarme.

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A las 3 horas exactas llegábamos a Escot, donde comienza la subida al Marie-Blanque. Allí Mire se me fue… Me sacó 13 minutos, ya que tuve que parar un par de veces, además de subir a un ritmo más lento. Una de las paradas fue porque, todavía no sé como, me salí de la carretera… La otra, porque un participante se paró justo delante mío y me obligó a parar. Para que os hagáis una idea de como se sube el Marie-Blanque, os diré que hay momentos en los que se sube por debajo de 5 kms/h. Es decir, que se subiría más rápido caminando que en la bici. Suerte que solo son 4-5 kilómetros duros…

Otro largo descenso y llegábamos al inicio del Portalet. Aquí sí que lo íbamos a pasar mal, sobre todo por el calor. Aunque al inicio es una zona con más sombra, a media subida la vegetación desaparece y el sol hace estragos. Tened en cuenta que empiezas a subir sobre las 11:30 o 12 horas, cuando el sol está en lo más alto.

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En el margen de la carretera un cartel te indica en que kilómetro de puerto te encuentras, cual es el desnivel medio de ese kilómetro que encaras, a que altitud estás y a que altitud se corona el puerto. Tengo que decir que los kilómetros del Portalet no pasaban. Este año se me hizo muchísimo más duro que la primera vez que lo subimos, en 2015. No lo recordaba tan duro. Tal vez llegaba con menos desnivel en mis entrenamientos y eso me pasó factura. De nuevo Mire tuvo que esperarme arriba. Realmente lo hacía en cada avituallamiento, donde además de reponer bebida isotónica y agua, me bebía Coca-Cola como si fuese la última que iba a beberme nunca.

En Hoz de Jaca más de lo mismo. Mucho calor, dos kilómetros horribles por una carretera mal asfaltada y bacheada. Pero como sabíamos que a partir de ahí solo se baja, pues ya lo das todo. Creo que coronábamos Hoz de Jaca sobre las 15:30 horas aproximadamente. Casi sin calor a esa hora…

Tras juntarnos un grupo de unos 20 ciclistas para el tramo final, haciendo relevos solo 4 de nosotros, llegábamos a Sabiñanigo sabiendo que este año lo habíamos hecho bastante mejor. Me quedaba la espinita de que Mire podría haber hecho mucho mejor tiempo si no me hubiese esperado, pero oye, nos lo pasamos genial juntos y de eso se trata.

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Tras cruzar la meta en 9 horas y 14 minutos, fuimos a buscar las medallas y los diplomas y ¡¡sorpresa!! ¡¡Mire consiguió la medalla de oro con su tiempo!! Yo me tuve que conformar con la de bronce y a solo 9 minutos de la de plata, que hubiese sido el broche perfecto. Pero como le decía a Mire, esto para nosotros era un entreno de cara al Ironman, así que lo importante era acumular kilómetros.

Tras un plato de arroz, una Coca-Cola y unos minutos de reposo, nos volvimos al apartamento en Jaca donde nos esperaba Pol en la piscina, donde nos metimos sin dudarlo para recuperar piernas.

El resumen del fin de semana es buenísimo. Buen ambiente, muchas risas, mucha charla de bici, todos finishers y nadie se hizo daño. Así que fin de semana de 10. ¡¡Ah, por cierto!! Y sobre todo de 10 los helados… 😉 ¿Volveremos? Nunca se sabe.

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