Hay decisiones que, aunque tengan una explicación técnica detrás, son difíciles de entender cuando se observan desde la perspectiva de quienes las sufren. Y lo ocurrido estas semanas en Collserola es un buen ejemplo.
Desde que la Generalitat decretó restricciones de acceso a determinadas zonas del parque por el brote de peste porcina africana, miles de corredores, ciclistas y senderistas han tenido que modificar sus rutinas. Para muchos, no hablamos simplemente de ocio. Collserola forma parte de su día a día, de su salud física y mental, de ese espacio de desconexión que tanto valor tiene en una ciudad como Barcelona.

Por eso ha generado tanta indignación conocer que, mientras el acceso al entorno natural seguía vetado para los deportistas, sí se había autorizado el montaje de un gran set de rodaje para la película The Last Druid, protagonizada por Russell Crowe, en la zona de Sant Cugat. La autorización existía y estaba condicionada al cumplimiento de estrictas medidas de bioseguridad, algo que finalmente no ocurrió, motivo por el que la Generalitat acabó paralizando la actividad.
El problema no es únicamente que el rodaje terminara siendo suspendido. El problema es la sensación de agravio comparativo que se ha generado desde el principio. Porque mientras a un corredor se le dice que no puede acceder a determinados caminos por riesgo sanitario, una gran producción cinematográfica parecía disponer de una vía alternativa para instalarse en plena zona restringida.
Seguramente la administración argumentará que no eran situaciones comparables, que existían protocolos específicos y que la actividad económica podía desarrollarse en espacios perimetrados. Y puede que técnicamente tenga razón. Pero la gestión de una crisis también depende de cómo se perciben las decisiones.
Cuando la población ve que las normas parecen más flexibles para una superproducción internacional que para quienes simplemente quieren salir a correr por la montaña, la confianza se resiente. En mi caso particular, no porque no pueda salir a correr, pero si me gustaría salir a pasear por la montaña con mi hija, que le encanta.
Al final, el rodaje ha quedado paralizado. Pero da la impresión de que no ha sido solo por las deficiencias detectadas en las medidas de seguridad, sino también por el enorme revuelo social que provocó la noticia. Y quizá esa sea la verdadera lección: las reglas deben aplicarse con coherencia. Porque en Collserola no se trata únicamente de controlar una emergencia sanitaria, sino también de evitar que haya ciudadanos que sientan que existen dos varas de medir.
Por cierto… Ha costado localizar una imagen del «poblado»… No es que sea un conspiranoico, pero me ha parecido bastante curioso…

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