El Maratón de Londres 2026 pasará a la historia no solo por los tiempos de infarto, sino por la cara de absoluta confusión existencial de Yomif Kejelcha. El etíope logró lo que hace unos años parecía ciencia ficción: correr los 42,195 kilómetros en menos de dos horas. Pero, en un giro de guion digno de una comedia de enredos, su recompensa fue una medalla de plata y la realización de que el universo, a veces, tiene un sentido del humor muy retorcido.

Imagina la escena: Kejelcha cruza la meta, mira su reloj y ve un «1:59» algo. En cualquier otro momento de la historia humana, eso habría significado estatuas en su honor, un desfile triunfal y, probablemente, que la NASA lo estudiara para ver si tiene turbinas en los gemelos. Sin embargo, mientras intentaba recuperar el aliento y recordaba cómo se deletreaba su nombre, se dio cuenta de que alguien había llegado antes.

Ser la segunda persona en la historia en bajar de dos horas en un maratón oficial es como ser el segundo astronauta en pisar la Luna: increíble para tu currículum, pero fastidioso porque siempre habrá un «el otro» que se llevó los titulares. Kejelcha corrió a una velocidad que haría que un patinete eléctrico pida la hora, batiendo una barrera mítica que ha obsesionado a la ciencia y al deporte durante décadas. Pero el destino es caprichoso: eligió el mismo domingo para que otro mutante con zapatillas de fibra de carbono decidiera ir un par de segundos más rápido.

La zona de meta de Londres era un poema. Por un lado, el júbilo del récord mundial; por el otro, Kejelcha con esa sonrisa de compromiso que pones cuando te regalan calcetines por Navidad. «He bajado de dos horas y me han ganado», debió pensar mientras le ponían la manta térmica. Es el equivalente deportivo a sacar un 10 en un examen y que el profesor diga que solo hay una beca para el que terminó diez segundos antes.

Ahora, Yomif se une al selecto club de personas que han desafiado las leyes de la física para terminar segundos. Su hazaña es monumental, pero la anécdota es eterna: el hombre que rompió el muro del tiempo y aun así tuvo que ver el flequillo de otro en la foto de meta. Eso sí, que nadie le quite lo bailado (o lo corrido): ha demostrado que correr a ritmo de sprint durante dos horas es posible, aunque sea para llegar a tiempo de ver cómo descorchan el champán ajeno.

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